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sábado, julio 18

lovers are losing

Martín se puso inmediatamente a pensar en el modo de justificar su ausencia durante la tarde y la noche del sábado ante su jovencísima esposa (porque, en efecto, tiene una mujer muy joven; y lo que es peor: está enamorado de ella; y lo que es aún peor: le tiene miedo; y lo que es aún muchísimo peor: tiene miedo de perderla).
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La respuesta de la doctora a Havel, acerca del médico jefe

- Estimado doctor- respondió la doctora-, entre nosotros hay menos contradicciones de lo que usted cree. Yo también le quiero, a mi también me dá lástima, igual que a usted. De no ser por él yo no tendría aquí un puesto tan bueno. (Eso usted ya lo sabe, ¡eso lo saben todos perfectamente!) ¿usted cree que yo le tomo el pelo, que hablo mal de él, que tengo otros amantes? ¡Todos disfrutarían yendo a contárselo! No quiero hacerle daño a él ni hacérmelo a mi misma y por eso estoy más atada de lo que usted puede imaginar. Estoy atada por completo. Pero estoy contenta de que nosotros dos nos hayamos entendido. Porque usted es la única persona con la que puedo permitirme serle infiel. Porque usted le aprecia de verdad y jamás le haría daño. Usted será estrictamente discreto. En usted puedo confiar. Con usted puedo hacer el amor... - y se le sentó a Havel en las rodillas y empezó a desabrocharse los botones.

¿Qué hizo el doctor Havel?

¡Vaya pregunta!
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-¿Lo ves?- dijo entonces una agresiva voz. Tonks fulminaba con la mirada a Lupin. -¡Fleur sigue queriendo casarse con él, aunque lo hayan mordido!¡A ella no le importa!
-Es diferente- replicó Lupin apenas moviendo los labios y poniendose tenso-. Bill no será un hombre lobo completo, son dos casos completamente...
-¡Pero a mi tampoco me importa!¡No me importa!- gritó Tonks agarrando a Lupin de la pechera de la túnica y zarandeándolo- ¡NO ME IMPORTA!.
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El estado de agitación en que puso a Lizzie el contenido de esa carta era tal que se hacía muy dificil comprender si dominaba en ella la felicidad o la pena. La inseguridad con respecto a lo que podía haber hecho el señor Darcy para favorecer la boda de su hermana la hacía alimentar vagas esperanzas que no se atrevía a fomentar. Por una parte, porque implicaban muestras de bondad magnánimas para ser posibles; y por otra, temía que tuviesen fundamento, porque tendría que humillarse al quedar agradecida. Darcy había ido expresamente detrás de ella a Londres; había emprendido la tan laboriosa tarea de realizar una humillante investigación, a lo largo de cuyo desarrollo se había visto obligado a suplicar a una mujer que aborrecía y a visitar con frecuencia, a persuadir y finalmente a sobornar al hombre de quién con más anhelo deseaba apartarse y cuyo solo nombre le repugnaba. Y todo eso lo había hecho por una muchacha a la que no podía apreciar en lo absoluto. Lizzie escuchó de una vez de su propio corazón que le decía que lo había hecho por ella misma.